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"ambiciona" poems
Hoy en mitad de la vida, me he parado a meditar... Pierdo días haciendo nada asomada en mi ventana. Miro hacia el paraíso el que no esta pero mi mente ambiciona buscándolo sin fe se ve como ayer y de seguro mañana como hoy. Más entonces, mi torpe inteligencia dormida en un rincón. Y al coño, ¿Para que soy? ¿Si para siempre algún día dejare de serlo? ¡Grito¡ Y a mi lado el demonio se agita. Pasan las horas.. Después de ya mucho haber llovido y yo sin café, una dulce lámpara arde y no hay el porque entender de esta noche desagradable. COPYRIGHTs © 2016 ASHLEY FIERRO ALL RIGHTS RESERVED
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Feb 16, 2016
Feb 16, 2016 at 9:34 AM UTC
UNA NOCHE SIN CAFÉ
Melancolía del «ayer»... Sorpresa Triste del corazón que fue cobarde... Un adiós sin motivo, y que nos pesa Cuando volver a la ilusión ya es tarde. Y el alma dice, al recordar un día: «La culpa no fue suya, sino mía». Tal vez, a solas, en el mismo instante, Ya sin que llanto a las pupilas fluya, Dirá en las sombras otra voz distante: «La culpa no fue mía, sino suya». Y las dos voces, en callado giro, Se unirán, en la noche, en un suspiro. Y queda en un azul de lontananza, Sola, una reja, que un rosal enflora, Y lo que fue de dos una esperanza, Ya, para siempre, en el dolor se llora. Y un gemido, que en llanto se disuelve, ¿Diciendo va: «La juventud no vuelve». Y enjugándonos lágrima furtiva, O en las manos oculta la cabeza Vemos que, como sombra pensativa, Se sienta a nuestro lado la Tristeza. Y el alma llora, ante esperanza trunca, Lo que ya al corazón no vuelve nunca. Entonces es el recordar... La ronda De lo pasado: la primera riña, Su dulce voz, su cabellera blonda, Y su adorable ingenuidad de niña; Y triste siente el corazón herido El dolor que nos deja un bien perdido. «¿Dónde estarás?», nos preguntamos. «¿Dónde?» «¿Pasas entre los hombres sonreída, O callado pesar en ti se esconde Si eres mitad acaso de otra vida?». Lejana voz de lo que ya no existe: ¡Cómo nos llegas desolada y triste! «¡Siempre!» decimos, y es la voz sincera; Juramos: «¡Siempre!» y el jurar no es vano; Y no es que el corazón cumplir no quiera Es porque el corazón es barro humano. El corazón ser fiel siempre ambiciona, Mas sin quererlo, siempre nos traiciona. ¿Y para qué culparnos? ¿Y en la vida Para qué disculpar promesa vana? Se dice adiós, y el corazón olvida, Pero también lo olvidarán mañana. El amor al olvido se eslabona, Y en amor, sólo es grande el que perdona.
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La romanza del recuerdo
Melancolía del «ayer»... Sorpresa Triste del corazón que fue cobarde... Un adiós sin motivo, y que nos pesa Cuando volver a la ilusión ya es tarde. Y el alma dice, al recordar un día: «La culpa no fue suya, sino mía». Tal vez, a solas, en el mismo instante, Ya sin que llanto a las pupilas fluya, Dirá en las sombras otra voz distante: «La culpa no fue mía, sino suya». Y las dos voces, en callado giro, Se unirán, en la noche, en un suspiro. Y queda en un azul de lontananza, Sola, una reja, que un rosal enflora, Y lo que fue de dos una esperanza, Ya, para siempre, en el dolor se llora. Y un gemido, que en llanto se disuelve, ¿Diciendo va: «La juventud no vuelve». Y enjugándonos lágrima furtiva, O en las manos oculta la cabeza Vemos que, como sombra pensativa, Se sienta a nuestro lado la Tristeza. Y el alma llora, ante esperanza trunca, Lo que ya al corazón no vuelve nunca. Entonces es el recordar... La ronda De lo pasado: la primera riña, Su dulce voz, su cabellera blonda, Y su adorable ingenuidad de niña; Y triste siente el corazón herido El dolor que nos deja un bien perdido. «¿Dónde estarás?», nos preguntamos. «¿Dónde?» «¿Pasas entre los hombres sonreída, O callado pesar en ti se esconde Si eres mitad acaso de otra vida?». Lejana voz de lo que ya no existe: ¡Cómo nos llegas desolada y triste! «¡Siempre!» decimos, y es la voz sincera; Juramos: «¡Siempre!» y el jurar no es vano; Y no es que el corazón cumplir no quiera Es porque el corazón es barro humano. El corazón ser fiel siempre ambiciona, Mas sin quererlo, siempre nos traiciona. ¿Y para qué culparnos? ¿Y en la vida Para qué disculpar promesa vana? Se dice adiós, y el corazón olvida, Pero también lo olvidarán mañana. El amor al olvido se eslabona, Y en amor, sólo es grande el que perdona.
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Hoy como ayer, mañana como hoy,         ¡y siempre igual! Un cielo gris, un horizonte eterno         y andar... andar. Moviéndose a compás, como una estúpida         máquina, el corazón. La torpe inteligencia del cerebro,         dormida en un rincón. El alma, que ambiciona un paraíso,         buscándole sin fe, fatiga sin objeto, ola que rueda         ignorando por qué. Voz que, incesante, con el mismo tono,         canta el mismo cantar, gota de agua monótona que cae         y cae, sin cesar. Así van deslizándose los días,         unos de otros en pos; hoy lo mismo que ayer...; y todos ellos,         sin gozo ni dolor. ¡Ay, a veces me acuerdo suspirando         del antiguo sufrir! Amargo es el dolor, ¡pero siquiera         padecer es vivir!
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Rima lvi
Hoy te contemplo en el piano, señora mía, Fuensanta, las manos sobre las teclas, en los pedales la planta, y ambiciona santamente la dicha de los pedales mi corazón, por estar bajo tus pies ideales. Porque yo sé de tu planta ser de todas la más pura, tu planta sabe las rutas sangrientas de la Pasión, que por ir tras Jesucristo por calles de la Amargura dejó el sendero de lirios de Belkis y Salomón. Y así te imploro, Fuensanta, que en mi corazón camines para que tus pies aromen la pecaminosa entraña, cuyos senderos polvosos y desolados jardines te han de devolver en rosas la más estéril cizaña. En las tertulias de noches de prolongada vigilia, en el piano me pareces moderna Santa Cecilia que cual solícita novia, con sus armónicos pies, con la magia de los ojos y el milagro del sonido, venciendo horas y distancia me lleva siempre a través de los valles lacrimosos, al Paraíso Perdido.
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Para tus pies