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Íbamos en la noche con tu sueño y el mío, donde empiezan tus ojos y termina las sombra. Y allá, bajos los puentes, iba cantando el río la inquietud que se olvida y el dolor que se nombra. Vivir es una ciencia, pero amar es un arte; y, puesto que quien ama va viviendo su muerte, nadie sabrá que un día te besé sin besarte, ni que te he poseído también, sin poseerte. Y supe que la nieve puede ser una brasa, aquella tibia noche de silencio y de seda, y que, antes que una nube fugitiva que pasa quiero ser en tu vida la raíz que se queda. Íbamos en la noche con tu sueño y el mío, y la luna crecía, como si nos mirara, mientras junto a nosotros iba cantando el río todo lo que callábamos bajo la noche clara. El amor, que embellece todas las cosas bellas, sobrevive a las culpas, no a los reproches; y yo seré en tu vida como son las estrellas, que durarán brillando lo que duren las noches... Y amaré en tu sonrisa todo lo que tú amas, para que tus recuerdos se unan a mis olvidos, al igual que esos árboles que enlazaron sus ramas, y que unidos florecen hasta morir juntos. Es dulce ir en la noche con tu sueño y mi sueño y sentir que mí mano te besa si te toca; y es grande esta ternura de sentirse pequeño, cuando el sueño termina donde empieza tu boca. Y ver crecer la noche temblorosa de frío, en esta sofocante plenitud del verano, oyendo el melancólico monólogo del río que dice dulcemente lo que callas en vano. Y luego estar contento y a la vez triste, viendo pasar el agua sin que nunca este ausente, mujer que estas conmigo después que ya te fuiste, pues te vas y te quedas, igual que la corriente.
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Segundo poema del río
Íbamos en la noche con tu sueño y el mío, donde empiezan tus ojos y termina las sombra. Y allá, bajos los puentes, iba cantando el río la inquietud que se olvida y el dolor que se nombra. Vivir es una ciencia, pero amar es un arte; y, puesto que quien ama va viviendo su muerte, nadie sabrá que un día te besé sin besarte, ni que te he poseído también, sin poseerte. Y supe que la nieve puede ser una brasa, aquella tibia noche de silencio y de seda, y que, antes que una nube fugitiva que pasa quiero ser en tu vida la raíz que se queda. Íbamos en la noche con tu sueño y el mío, y la luna crecía, como si nos mirara, mientras junto a nosotros iba cantando el río todo lo que callábamos bajo la noche clara. El amor, que embellece todas las cosas bellas, sobrevive a las culpas, no a los reproches; y yo seré en tu vida como son las estrellas, que durarán brillando lo que duren las noches... Y amaré en tu sonrisa todo lo que tú amas, para que tus recuerdos se unan a mis olvidos, al igual que esos árboles que enlazaron sus ramas, y que unidos florecen hasta morir juntos. Es dulce ir en la noche con tu sueño y mi sueño y sentir que mí mano te besa si te toca; y es grande esta ternura de sentirse pequeño, cuando el sueño termina donde empieza tu boca. Y ver crecer la noche temblorosa de frío, en esta sofocante plenitud del verano, oyendo el melancólico monólogo del río que dice dulcemente lo que callas en vano. Y luego estar contento y a la vez triste, viendo pasar el agua sin que nunca este ausente, mujer que estas conmigo después que ya te fuiste, pues te vas y te quedas, igual que la corriente.