Hello Poetry
Submit your work and get some sparkles! Create free account
Por esta selva tan espesa, donde nunca el sol penetró, buscando voy una princesa que se me perdió. Entre los árboles copudos, entre las lianas verdinegras que trepan por los desnudos troncos, como culebras; entre las rocas de hosquedad hostil y provocativa y la pavorosa soledad y la penumbra esquiva, buscando voy una princesa rubia como la madrugada que no ha partido y que no regresa desta espesura malhadada. Dicen que al fin de aquella ruta, que bordan el ciprés y el enebro, hay una reina muy enjuta que mora en un castillo muy ***** que guarda en fieros torreones otras princesas como la mía, y que es sorda a las rogaciones del desamparo y la agonía. Mas, acaso si yo pudiese ver a la reina, y su huella seguir astuto, al cabo diese con el castillo ***** ¡y con Ella! Pero el más seguro instinto no se sentiría capaz de guiarse por el laberinto desta penumbra pertinaz. Es que el espíritu presiente algo fatal que se avecina, y es que acaso es más imponente que lo que vemos claramente lo que tan sólo se adivina. Heme aquí, pues, con la alma opresa en medio de obscuridad, enamorado de una princesa que se perdió en la selva espesa tal vez por una eternidad...
0
728
I. por esta selva...
Por esta selva tan espesa, donde nunca el sol penetró, buscando voy una princesa que se me perdió. Entre los árboles copudos, entre las lianas verdinegras que trepan por los desnudos troncos, como culebras; entre las rocas de hosquedad hostil y provocativa y la pavorosa soledad y la penumbra esquiva, buscando voy una princesa rubia como la madrugada que no ha partido y que no regresa desta espesura malhadada. Dicen que al fin de aquella ruta, que bordan el ciprés y el enebro, hay una reina muy enjuta que mora en un castillo muy ***** que guarda en fieros torreones otras princesas como la mía, y que es sorda a las rogaciones del desamparo y la agonía. Mas, acaso si yo pudiese ver a la reina, y su huella seguir astuto, al cabo diese con el castillo ***** ¡y con Ella! Pero el más seguro instinto no se sentiría capaz de guiarse por el laberinto desta penumbra pertinaz. Es que el espíritu presiente algo fatal que se avecina, y es que acaso es más imponente que lo que vemos claramente lo que tan sólo se adivina. Heme aquí, pues, con la alma opresa en medio de obscuridad, enamorado de una princesa que se perdió en la selva espesa tal vez por una eternidad...