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Hacer el amor es pintar con el alma, un lienzo íntimo que solo comprenden aquellos que se aventuran con delicadeza, con miradas que buscan más que lo visible. Quien no lo descubre, aunque lo intente una y otra vez, seguirá vacío, porque la satisfacción es un eco sutil, una canción que nace en lo profundo, cuando el acto se convierte en danza, en entrega, en paz que fluye sin esfuerzo. No es solo un fuego que se consume, ni un alivio fugaz. Es el momento en que te desvaneces, un instante o una eternidad donde te fundes en el otro, y renaces más limpio, más libre, como si volvieras a ser puro. Tranquilo, firme, enraizado, te descubres lleno, tan lleno, que el río que te arrastraba ahora te nutre sin desvanecerse. Das gracias, porque nuevos horizontes se abren ante ti, infinitos y radiantes. Cuando el deseo se aleja, no es una ausencia, sino un umbral. Las puertas de la serenidad se abren, y ya no anhelas perderte en el otro, sino en ti mismo. Nace un nuevo éxtasis, el éxtasis de encontrarte contigo, una dicha profunda que brota de haber compartido con el otro. Uno crece, florece a través del otro, hasta que llega el momento de estar solo, plenamente feliz. La necesidad se desvanece, pero la sabiduría permanece. El otro fue tu reflejo, y no lo quebraste, porque en él te miraste, te reconociste, te elevaste. Ya no necesitas buscarte en él, puedes cerrar los ojos y sentir tu esencia con claridad. Pero no habrías llegado aquí sin ese espejo que un día te mostró con amor. Deja que tu amada, tu amado, sea tu reflejo. Mira en sus ojos, descubre tu rostro en ellos. Acércate al otro para encontrarte a ti mismo. Llegará el día en que el espejo ya no sea necesario, pero no lo rechazarás, le estarás agradecido, porque sin él no habrías visto la luz que ahora te ilumina. Entonces llega la trascendencia, no como negación, sino como un florecer natural. Te elevas, vas más allá, como la semilla que rompe la tierra y busca el cielo. Cuando el deseo se transforma, la semilla se convierte en árbol, y toda esa energía se vuelve luz, en un renacer eterno. Ya no das vida a otro, sino a ti mismo, renaciendo en la plenitud de tu propia existencia. By: Nasly Castillo
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Mar 7, 2025
Mar 7, 2025 at 10:37 PM UTC
SUBLIME ARTE DEL AMOR
Hacer el amor es pintar con el alma, un lienzo íntimo que solo comprenden aquellos que se aventuran con delicadeza, con miradas que buscan más que lo visible. Quien no lo descubre, aunque lo intente una y otra vez, seguirá vacío, porque la satisfacción es un eco sutil, una canción que nace en lo profundo, cuando el acto se convierte en danza, en entrega, en paz que fluye sin esfuerzo. No es solo un fuego que se consume, ni un alivio fugaz. Es el momento en que te desvaneces, un instante o una eternidad donde te fundes en el otro, y renaces más limpio, más libre, como si volvieras a ser puro. Tranquilo, firme, enraizado, te descubres lleno, tan lleno, que el río que te arrastraba ahora te nutre sin desvanecerse. Das gracias, porque nuevos horizontes se abren ante ti, infinitos y radiantes. Cuando el deseo se aleja, no es una ausencia, sino un umbral. Las puertas de la serenidad se abren, y ya no anhelas perderte en el otro, sino en ti mismo. Nace un nuevo éxtasis, el éxtasis de encontrarte contigo, una dicha profunda que brota de haber compartido con el otro. Uno crece, florece a través del otro, hasta que llega el momento de estar solo, plenamente feliz. La necesidad se desvanece, pero la sabiduría permanece. El otro fue tu reflejo, y no lo quebraste, porque en él te miraste, te reconociste, te elevaste. Ya no necesitas buscarte en él, puedes cerrar los ojos y sentir tu esencia con claridad. Pero no habrías llegado aquí sin ese espejo que un día te mostró con amor. Deja que tu amada, tu amado, sea tu reflejo. Mira en sus ojos, descubre tu rostro en ellos. Acércate al otro para encontrarte a ti mismo. Llegará el día en que el espejo ya no sea necesario, pero no lo rechazarás, le estarás agradecido, porque sin él no habrías visto la luz que ahora te ilumina. Entonces llega la trascendencia, no como negación, sino como un florecer natural. Te elevas, vas más allá, como la semilla que rompe la tierra y busca el cielo. Cuando el deseo se transforma, la semilla se convierte en árbol, y toda esa energía se vuelve luz, en un renacer eterno. Ya no das vida a otro, sino a ti mismo, renaciendo en la plenitud de tu propia existencia. By: Nasly Castillo
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Mar 7, 2025
Mar 7, 2025 at 10:37 PM UTC
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