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«Aquel purpúreo monte, que tenía la formación más viva hacia el ocaso, desviado secreto de espesura», vuelve hacia mí, se instala ante mi fe, lo mismo que un dios, una inmortal mujer dorada. ¿El sabe que es bastante, sabe que lo esperaba yo cantando, que es deseado para plenitud, para paz, para gloria? Viajan los lugares, a las horas propicias. Entrecruzan sin estorbo, en concesión magnánima de espacio, sus formas de infinita especie bella, cada uno a su fe. (Y hacen un mundo nuevo perpetuamente...) «Este mar plano frente a la pared blanca al sur neto de la noche ébana, con la luna acercada en inminencia de alegre eternidad».                                         Así encontramos, de súbito, hondas patrias imprevistas, paraísos profundos de hermosura, que parecieron de otro modo: claros ante la luz, distintos, olas bien limitadas, otras, altos árboles solos, diferentes. La armonía recóndita de nuestro estar coincide con la vida. Y en tales traslaciones, realidades paralelas, bellísimas, del sueño, dejamos sonriendo nuestra sien contra la fresca nube cuajada, momentánea eternidad, en un pleno descanso transparente, advenimiento firme de imposible. «Mi galería al único levante, cielo amarillo y blanco trasluciente, sobre el pozo primero, entre la adelfa».
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Sitio perpetuo
«Aquel purpúreo monte, que tenía la formación más viva hacia el ocaso, desviado secreto de espesura», vuelve hacia mí, se instala ante mi fe, lo mismo que un dios, una inmortal mujer dorada. ¿El sabe que es bastante, sabe que lo esperaba yo cantando, que es deseado para plenitud, para paz, para gloria? Viajan los lugares, a las horas propicias. Entrecruzan sin estorbo, en concesión magnánima de espacio, sus formas de infinita especie bella, cada uno a su fe. (Y hacen un mundo nuevo perpetuamente...) «Este mar plano frente a la pared blanca al sur neto de la noche ébana, con la luna acercada en inminencia de alegre eternidad».                                         Así encontramos, de súbito, hondas patrias imprevistas, paraísos profundos de hermosura, que parecieron de otro modo: claros ante la luz, distintos, olas bien limitadas, otras, altos árboles solos, diferentes. La armonía recóndita de nuestro estar coincide con la vida. Y en tales traslaciones, realidades paralelas, bellísimas, del sueño, dejamos sonriendo nuestra sien contra la fresca nube cuajada, momentánea eternidad, en un pleno descanso transparente, advenimiento firme de imposible. «Mi galería al único levante, cielo amarillo y blanco trasluciente, sobre el pozo primero, entre la adelfa».
Juan Ramón Jiménez
1881 - 1958/Male/Spanish