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Adelante, le dije, y entró el buen caballero de la muerte. Era de plata verde su armadura y sus ojos eran como el agua marina. Sus manos y su rostro eran de trigo. Habla, le dije, caballero Jorge, no puedo oponer sino el aire a tus estrofas. De hierro y sombra fueron, de diamantes oscuros y cortadas quedaron en el frío de las torres de España, en la piedra, en el agua, en el idioma. Entonces, él me dijo: «Es la hora de la vida. Ay si pudiera morder una manzana, tocar la polvorosa suavidad de la harina. Ay si de nuevo el canto… No a la muerte daría mi palabra… Creo que el tiempo oscuro nos cegó el corazón y sus raíces bajaron y bajaron a las tumbas, comieron con la muerte. Sentencia y oración fueron las rosas de aquellas enterradas primaveras y, solitario trovador, anduve callado en las moradas transitorias: todos los pasos iban a una solemne eternidad vacía. Ahora me parece que no está solo el hombre. En sus manos ha elaborado como si fuera un duro pan, la esperanza, la terrestre esperanza». Miré y el caballero de piedra era de aire. Ya no estaba en la silla. Por la abierta ventana se extendían las tierras, los países, la lucha, el trigo, el viento. Gracias, dije, don Jorge, caballero. Y volví a mi deber de pueblo y canto.
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Oda a don jorge manrique
Adelante, le dije, y entró el buen caballero de la muerte. Era de plata verde su armadura y sus ojos eran como el agua marina. Sus manos y su rostro eran de trigo. Habla, le dije, caballero Jorge, no puedo oponer sino el aire a tus estrofas. De hierro y sombra fueron, de diamantes oscuros y cortadas quedaron en el frío de las torres de España, en la piedra, en el agua, en el idioma. Entonces, él me dijo: «Es la hora de la vida. Ay si pudiera morder una manzana, tocar la polvorosa suavidad de la harina. Ay si de nuevo el canto… No a la muerte daría mi palabra… Creo que el tiempo oscuro nos cegó el corazón y sus raíces bajaron y bajaron a las tumbas, comieron con la muerte. Sentencia y oración fueron las rosas de aquellas enterradas primaveras y, solitario trovador, anduve callado en las moradas transitorias: todos los pasos iban a una solemne eternidad vacía. Ahora me parece que no está solo el hombre. En sus manos ha elaborado como si fuera un duro pan, la esperanza, la terrestre esperanza». Miré y el caballero de piedra era de aire. Ya no estaba en la silla. Por la abierta ventana se extendían las tierras, los países, la lucha, el trigo, el viento. Gracias, dije, don Jorge, caballero. Y volví a mi deber de pueblo y canto.
Pablo Neruda
1904 - 1973/Male/Chilean